Para qué sirve el corazón

El corazón es un músculo estriado compuesto de 4 cavidades en su interior. Está situado en la caja torácica y tiene como rol vital asegurar el transporte de la sangre a través de todo el organismo, funcionando como una bomba que la impulsa por el torrente sanguíneo, recorriendo las venas y arterias del cuerpo.

Este órgano está formado por una pared carnosa que se divide en tres partes:

  • El pericardio, que es la pared más externa y envuelve a todo el corazón.
  • El miocardio, más que una pared es un músculo propiamente dicho.
  • El endocardio o pared interna.

Las 4 cámaras que constituyen este órgano son: un ventrículo derecho y uno izquierdo, una aurícula derecha y otra más ubicada a la izquierda. En la parte superior del corazón están posicionadas las dos aurículas. Justo debajo de estas se encuentran los ventrículos o bombas sanguíneas. Todas las cavidades están separadas gracias a un tabique o septum interauricular y otro interventricular. El área inferior con forma algo apuntada es conocida como ápice. De la zona superior del corazón emergen dos grandes conductos sanguíneos, uno es la vena aorta y el otro la arteria pulmonar.

El ventrículo derecho se halla separado de la aurícula encontrada del mismo lado, y justo por encima de éste, gracias a un orificio, sede éste de la válvula tricúspide. Es en este ventrículo donde se recibe la sangre carente ya de oxígeno (“sangre azul”) que ha hecho su recorrido por la parte inferior del cuerpo dentro de la vena cava inferior, y por la parte superior del cuerpo a través de la cava superior. La sangre recibida en este ventrículo es bombeada hacia los pulmones, fluyendo por el interior de la arteria pulmonar.

El ventrículo izquierdo está acompañado también por una cámara superior, encontrándose estas unidades conectadas a través del orificio mitral donde se encuentra inserta la válvula mitral. En este recinto se recibe la sangre carga ahora de oxígeno una vez procesada en los pulmones y vehiculada de vuelta al corazón por medio de las venas pulmonares. De este ventrículo la sangre es nuevamente bombeada y recirculada por todo el cuerpo, nutriendo constantemente de oxigeno a todo el organismo. Funge como intermediaria en este proceso la ya mencionada gran vena aorta, el conducto tisular de mayor diámetro en todo el organismo.

Historia del corazón

Por siglos el corazón ha sido considerado un órgano casi mítico. Si bien muchas civilizaciones antiguas consideraron al corazón como un órgano ordinario, otras tan imponentes como la azteca o egipcia confirieron al corazón un gran simbolismo religioso y social.

Ningún otro órgano se hace tan presente en el cuerpo humano como el corazón. Sus latidos, su ritmo acelerado o ralentizado según el estado de actividad física y mental (tanto de esfuerzo como de reposo, de la ansiedad o la quietud) lo hacen notar ya desde los primeros estadios de la gestación fetal. De allí que muchos pueblos ancestrales en lugar de desdeñarlo, lo enaltecieran.

Hoy por hoy nada de mítico guarda el corazón en el imaginario humano, sin embargo, todos parecen coincidir en que este es, sin lugar a dudas, un órgano muy particular. Muchos podrían considerarlo como una simple bomba para la sangre. No desacertada la premisa, más no enteramente precisa. Una bomba maravillosa es el corazón, capaz de mantener con vida no sólo al cuerpo aquel donde se originó, sino también de dar vida a un nuevo organismo huésped a través de un trasplante.

Se cree que la primera representación del corazón como parte de un organismo vivo se halla en una pintura rupestre datada de hace 15.000 o 10.000 años de antigüedad, antes de nuestra era, a finales del paleolítico. La pintura puede observarse al interior de la caverna El Pindal en Asturias, norte de España.  En esta ilustración se aprecia una figura que asemeja a un mamífero con una trompa (similar a un mamut o elefante) ostentando una marca roja en el lugar donde hoy sabemos debería ubicarse el corazón. No obstante el misterio ronda el hallazgo. Surge la gran duda sobre si el hombre prehistórico podía tener un interés tal, suficiente para inmortalizar el corazón de un animal a través de la pintura, más allá de verlo como un trozo de carne comestible. El hecho de no haberse encontrado ninguna otra representación similar alrededor del mundo hace crecer el escepticismo.

Varias hipótesis surgen en torno a cuestionamientos sobre la posible percepción del hombre primitivo hacia el corazón. Pareciese ser que el interés en éste era nulo. En las sociedades primitivas en cuanto una enfermedad acechaba al cuerpo, por ejemplo, la causa se tenía por externa, ajena al cuerpo mismo. En lugar de médicos, los chamanes y hechiceros se hacían cargo del caso, lanzando conjuros preparando brebajes que permitiesen a la “fuerza maléfica” desposeer al cuerpo, restituyendo así la armonía física y de espíritu. Esto sugiere que del mismo modo el corazón como miembro interno del cuerpo ningún interés despertaba al no ser responsable aparente de la vida, la muerte, ni la salud del individuo. Nuestros ancestros de las cavernas consideraban no tomaban al cuerpo por otra cosa más que una entidad material donde habitaba el alma y, por tanto, el entendimiento de algo como la medicina quedaba supeditado al privilegio mágico que unos pocos hombres tenían el don de poseer.

Cuatro milenios más tarde, los médicos tradicionales chinos aún no ponían atención alguna sobre este órgano, igual que nuestros ancestros. Entonces se considera al hombre como una partícula minúscula en incesante búsqueda de harmonía dentro del universo infinito. En esta concepción del ser humano las partes que lo constituyen no hacen más que al “ser”. Otros pueblos antiguos, en cambio, sí reconocían ya al corazón aunque sus funciones estaban mal entendidas. Este era el caso de los babilonios hace unos 25.000 años atrás. Ellos denominaban a este órgano libbu y le atribuían la cualidad de ser el núcleo de la memoria y la inteligencia, en lugar de considerarlo detentor de funciones vitales para el organismo. Era el hígado el órgano fundamental para la vida según los babilonios.

Hasta la edad media el corazón no fue más que una entraña comestible de haber necesidad, no un músculo con funciones corporales esenciales y bien definidas, como lo conocemos hoy en día. La ciencia antigua

Estructura y funcionamiento del corazón

Es de gran importancia tener conocimiento, aunque sea éste muy elemental, de la estructura y funcionamiento del órgano cardíaco, el corazón. Dicho conocimiento tendrá a bien alertarnos sobre cualquier anomalía que presente en su anatomía. En virtud de esta premisa haremos un recorrido breve por varios puntos concernientes a este tema.

Venas, arterias, aurículas y ventrículos:

Todos los órganos del cuerpo humano son nutridos a través de un intrincado sistema circulatorio conectado al corazón. El corazón mismo se haya rodeado y penetrado por un sinfín de vasos sanguíneos de diversos diámetros. En una visión bastante reductora y simplista lo hemos resumido a un par de conductos principales, los cuales juegan el rol más destacado en el proceso circulatorio sanguíneo. Así pues, en lo que refiere a la estructura del corazón comenzaremos hablando del sistema vascular del cuerpo, donde confluyen anatómicamente venas y arterias.

De esta vascularización se desprende toda una red arterial que suministra, como ya fue señalado, el líquido sanguíneo oxigenado al músculo cardíaco. Este músculo es irrigado principalmente por dos arterias coronarias, las cuales nutren cada una un área precisa del miocardio.

  • Arteria coronaria izquierda; su tronco está ramificado en dos arterias más: la arteria inter-ventricular anterior y la arteria circunfleja.
  • Arteria coronaria derecha; emerge de la aorta, justo en la base del corazón, y se extiende hasta el extremo inferior del mismo.

En contraposición a las arterias se hallan las venas que, como también fue ya mencionado fugazmente, se encargan de transportar la sangre carente de oxígeno hacia los recintos cardíacos. El recorrido que realiza la sangre a través de estos conductos vasculares es idéntico al que sigue la sangre oxigenada que alimenta al cuerpo, con la diferencia que la dirección del fluido es de sentido contrario. El conjunto de venas coronarias desemboca en una vena aún mayor, el seno coronario.

El sistema vascular del cuerpo no es el único sistema adaptado al corazón. El motor de éste órgano es el sistema nervioso propio e independiente que posee. Nace en el centro de las paredes que sirven de separación entre las aurículas; continuando su descenso hacia la pared que separa el ventrículo izquierdo del derecho. En su composición total el sistema eléctrico del que hablamos toma la forma de un tracto nervioso denominado haz de His o fascículo atrioventricular.

Las válvulas cardíacas

Más allá de los ventrículos y aurículas que componen al corazón, y cuya función es esencial en el transporte de los distintos tipos de sangre por el interior de vasos capilares, venas y arterias, existen otras estructuras cuya relevancia dentro del sistema cardio-pulmonar no es para nada despreciable. Nos referimos a las llamadas válvulas cardíacas.

Estas estructuras son tejidos anatómicos muy finos ajustados a las paredes del corazón por medio de filamentos que recuerdan las velas de una embarcación. Ellas están destinadas a separar y diferenciar las cavidades cardíacas unas de las otras. La separación ocurre gracias a una serie de orificios provistos de compuertas tisulares cuyo principio de operación consiste en enviar la sangre de un recinto al otro, manteniendo siempre el mismo sentido de flujo. Su mecanismo de acción se basa en el abrir y cerrar continuo de la membrana oclusiva según se encuentren los recintos cardíacos vacíos o llenos de líquido. Cualquier anomalía detectada a nivel de las válvulas entraña repercusiones importantes sobre las funciones del corazón. Al registrarse algún cambio en la presión dentro las cavidades cardíacas se ve de inmediato afectada la acción antireflujo de las válvulas.

Esta suerte de puertas de exclusa es a su vez un ensamble de dos o tres estructuras adicionales que se separan en función del ritmo cardíaco. La finalidad de éstas es hacer circular la sangre desde las aurículas hacia los ventrículos y se cierran impidiendo el flujo regresivo del líquido sanguíneo de los ventrículos a las aurículas. La ubicación de las válvulas se observa entre la aurícula y el ventrículo izquierdo, para el caso de la válvula tricúspide mientras que la válvula mitral se halla posicionada en el mismo punto pero del lado derecho del corazón.

Funciones del corazón

Ya bien hemos dicho que la función fundamental del corazón como órgano vital es asegurarse de la circulación sanguínea en todo el cuerpo. El corazón bombea alrededor de 5 litros de sangre por minuto en los adultos. La función de bombeo es ayudada por la coacción de los ventrículos que inducen la contracción de las paredes del corazón, procurando la constante eyección de la sangre a través de las arterias.

Las diferentes estructuras que conforman el corazón coadyuvan unas a otras a sostener la función principal del mismo. Por ejemplo, la contracción ventricular está sustentada en el sistema eléctrico del órgano cardíaco. Nace esta red eléctrica en el interior mismo de la pared que separa las aurículas de los ventrículos. Las células nerviosas constituyentes del sistema eléctrico son responsables de los impulsos que se transmiten a todo el músculo cardíaco y que impulsan la sangre. La frecuencia de este impulso está sincronizada con la frecuencia cardíaca misma, conociéndose que el ritmo normal de palpitación del corazón es de aproximadamente 80 latidos por minuto. No obstante este sistema nervioso autónomo está encargado de regular la cadencia del palpitar cardíaco, a condición de las necesidades de oxigenación del organismo.

Mecanismo de acción del corazón

Dentro del mecanismo de acción del corazón hay dos procesos que actúan simultáneamente garantizando el buen funcionamiento cardíaco. Los dos factores responsables del bombeo sanguíneo son: el ciclo de contracción muscular cardíaca y la funcionalidad de las válvulas cardíacas.

El proceso de espasmo muscular consta de 3 fases:

  • Fase de relajación muscular: esta fase se conoce también con el nombre de diástole. En este instante ocurre la introducción de la sangre dentro de las cavidades cardíacas.
  • Fase de contracción muscular: otro nombre dado a la fase de contracción es sístole; durante ésta se almacena la energía requerida para la fase final. La sangre discurre de los ventrículos a las aurículas de manera activa.
  • Fase de eyección de la sangre: finalmente el líquido contenido en el interior del corazón es súbitamente enviado fuera, creándose el torrente sanguíneo que pasará a circular por venas y arterias por toda la longitud corporal. El proceso se inicia con la retracción de las paredes ventriculares, al tiempo mismo que la entrada de los conductos aórtico y pulmonar se abre, permitiéndose de este modo la propulsión de la sangre en circulación.

Este mecanismo hace del ciclo cardíaco un proceso dependiente del ritmo del corazón, siendo sus fases de relajación y contracción los dos puntos empleados como referencia para hacer la medición de la presión arterial. El punto máximo de presión arterial se alcanza cuando el corazón pasa por la fase sístole. Por el contrario, el mínimo de la presión sanguínea se registra al ocurrir la diástole.

Enfermedades del corazón

Las condiciones médicas que pueden afectar el funcionamiento y salud del corazón son muy variadas. Se han comprobado signos de enfermedad y otros padecimientos en las paredes, las válvulas, las arterias e incluso el sistema nervioso del órgano en cuestión. El funcionamiento del corazón, como órgano en su totalidad, puede verse perturbado si al menos una de sus partes componentes presenta alguna deficiencia en su mecanismo de acción o sí su condición aparente se observa alterada.

Hay relación intrínseca evidente entre el grosor de las paredes del corazón y diversas anomalías cardíacas. Un marcado aumento o disminución del grosor puede ser producto de anomalías congénitas o desarrolladas posteriormente durante el transcurso de la vida. Otras alteraciones observadas incluyen el cambio de tamaño de los ventrículos o las aurículas. El cambio se manifiesta sea a través de un aumento, reducción o dilatación de los espacios internos del corazón.

Ciertas alteraciones anatómicas pueden suceder; como aquellas de tipo hereditario. Las malformaciones congénitas son causantes de, por ejemplo, una función comunicativa anormal entre ambos ventrículos o entre ambas aurículas. Otras condiciones cardíacas aún más complejas también son susceptibles de darse; entre estas se puede mencionar la tetralogía de Fallot, antiguamente denominada Mal azul. Aparte, el padecimiento de una inflamación del tejido externo del corazón, la pericarditis, es, en ocasiones, señalada como responsable de ciertas alteraciones en el funcionamiento sistólico del ente cardíaco.

Como resultado de cualquiera de las anomalías y condiciones ilustradas anteriormente, el ritmo cardíaco puede verse laxa o severamente desajustado, acelerándose, ralentizándose o tornándose irregular. Las posibles perturbaciones tienen un rol decisivo sobre el efecto bomba del corazón, cuya desarticulación comprometería su óptimo trabajo. Por su parte las arterias anexas al corazón pueden ser objeto de la formación de depósitos de ateroma (grasa en forma de masa amarilla acumulada en el interior de las arterias) que conlleva a la obstrucción de estos conductos sanguíneos, dando origen a uno de los padecimientos más comunes del corazón: el infarto al miocardio.

Enfermedades asociadas a las válvulas cardíacas

Así como las otras partes constituyentes del corazón pueden confrontarse a diversas anomalías, las válvulas cardíacas por sí mismas también pueden verse afectadas, no asumiendo correctamente el rol anti-reflujo que le corresponde. De no cerrar correctamente las válvulas se diagnostica la alteración cardíaca como una insuficiencia valvular. Esta insuficiencia conduce rápidamente a un incremento sistemático del volumen de sangre en las cavidades del corazón, recargando al miocardio con cada contracción muscular.

Dificultad tanto al cerrar como al abrir pueden sufrir las válvulas. Este efecto se conoce como retracción valvular: la valvulopatía señalada demanda del corazón la inversión de una fuerza mayor que permita lograr la completa contracción muscular, con la consecuente apertura del orificio valvular, para manejar los mismos volúmenes de sangre.

Enfermedades coronarias

Cuando las arterias coronarias se hallan parcial o totalmente obstruidas, es factible que se produzca una peligrosa perturbación de la circulación sanguínea. De presentarse una situación como la disminución significativa del volumen de sangre oxigenada que surte al corazón, el músculo miocardio padece fuertes dolencias en la región pectoral. Con este tipo de enfermedad arterial se suele experimentar dificultad respiratoria, dado que el oxígeno que debería estar circulando hacia las células por el torrente sanguíneo no es suministrado en las cantidades necesarias. Por consiguiente, se afecta la posibilidad de contracción cardíaca. El resultado: muerte celular y pronóstico de vida reservado.

Ya previamente mencionamos la implicación de los ateromas en la oclusión de los conductos arteriales. El bloqueo del torrente sanguíneo en la arteria será el responsable de los infartos al miocardio cuando se trate de un taponamiento completo de la vía circulatoria. Si la obstrucción es parcial, estaremos entonces en presencia de un diagnóstico de angina de pecho.

Antecedentes del primer trasplante de corazón

En los anales de la medicina diversos eventos han sido de gran beneficio para la salud y la vida misma. No todos han tenido la misma importancia para la ciencia y difícilmente muchos podrán compararse al primer trasplante de corazón en un cuerpo humano. En homenaje a tan noble descubrimiento echemos un vistazo a los acontecimientos previos que desembocaron en el éxito de este maravilloso procedimiento quirúrgico.

Antes de ver los antecedentes médicos de dicho acontecimiento conviene hacer un breve repaso de algunos términos clave para el entendimiento de la magnitud de los acontecimientos. Una definición que se impone de partida es la del término trasplante. Se conoce con el término de trasplante a la intervención quirúrgica que consiste en remplazar un órgano dañado o deficiente por un órgano sano proveniente, en la mayoría de los casos, de un donante fallecido bajo ciertas circunstancias, como puede ser la muerte cerebral.

Una vez dilucidado éste concepto podemos, a continuación, proceder con la entrada en detalle de los antecedentes del trasplante de corazón. En orden cronológico:

  • 1628 – William Harvey (1578 – 1657), médico y biólogo inglés, determina a través de repetidos ensayos la cantidad de sangre que bombea el corazón, así como el ritmo cardíaco de éste.
  • 1896 (9 de septiembre) – El médico cirujano alemán Ludwig Wilhelm Carl Rehn (1849 – 1930) lleva a cabo la primera sutura de corazón en un paciente de 22 años lacerado con un cuchillo. La operación fue realizada en el hospital de Fráncfort.
  • 1908 – Se hace el primer auto-trasplante renal enteramente funcional en un perro. El procedimiento estaría a cargo del médico francés Alexis Carrel. Más tarde ensayaría el trasplante de otros órganos como la tiroides y el corazón. Siendo pionero en el campo, lograría realizar con éxito, en 1910, una operación quirúrgica de puenteo cardíaco en un hombre, intervención que consiste en trasplantar una vena o arteria a fin de evitar lesiones.
  • 1956 – Ya se practican para la fecha operaciones a corazón abierto en Minneapolis, Estados Unidos. Los eminentes profesores, y especialista en la materia, Norman Shumway y Christian Barnard se encontraban a la cabeza de tales prácticas.
  • 3 de diciembre de 1967 – Un paciente hombre de 54 años de edad recibe el primer trasplante de corazón. El hombre moriría poco más tarde, el 21 de diciembre 1968. El médico responsable del trasplante fue el Prof. Barnard. El deceso ocurrió en el hospital Groote en Captown, Sudafrica. El nombre del médico responsable de la cirugía pasaría a los anales de la historia médica reciente, en conjunto con el del paciente quien recibiera el órgano donado, Louis Washkansky.
  • 1968, 12 de mayo – en Francia los cirujanos Jean-Paul Cachera y Charles Dubost (considerado este último como el padre de la cirugía cardíaca francesa) resucitan un corazón trasplantado en el pecho de un hombre, el reverendo padre Boulogne. La operación se realizó en las instalaciones del centro hospitalario Broussais en París.
  • 27 de noviembre de 1968 – se alcanza prolongar la vida de un paciente con trasplante de corazón por el extraordinario período de 18 años.
  • 1972 – Un estudio a cargo de Jean–François Borel, un científico suizo especializado en microbiología e inmunología, pone en evidencia las propiedades anti-inmunitarias de una especie de Beauvaria, un hongo a partir del cual logra sintetizar un fármaco anti-rechazo. El agente reductor de las reacciones inmunitarias es un ácido amino secretado por el hongo, bautizado con el nombre de ciclosporina, el cual inhibe la función selectiva de las células T. Este fármaco consiguió convertirse en la base del tratamiento anti-rechazo que acompaña los trasplantes de órganos, previniendo el rechazo agudo de los injertos. Sería utilizado por primera vez en el año 1980, administrado a una paciente de 28 años.

Creación del corazón artificial

La evolución de los procedimientos de trasplante de órganos, puntualmente de corazón ha sido indetenible. Los avances científico-tecnológicos y médicos de nuestros días han permitido arribar a la concreción de mecanismos de asistencia circulatoria e incluso la creación de corazones artificiales.

Dicho acontecimiento último no vio la luz sino hasta varios años después del hito del primer implante de corazón realizado en los años 60, iniciándose a partir de entonces un proceso de idealización de la vida asistida artificialmente en el futuro. El descubrimiento del sistema de HLA (antígenos leucocitarios humanos) y el complejo mayor de histocompatibilidad situado en el cromosoma 6 fueron los eventos que abrieron la vía de desarrollo a procedimientos exitosos en la implantación de órganos e injertos de tejidos.

Para 1969 a tasa de sobrevivencia de pacientes quienes recibieran trasplantes de corazón no superaba el año de vida (25%) (valores calculados a partir de la evaluación de un total de 100 pacientes tratados y un lapso de tiempo de 2 años transcurridos). A finales de los años 1970 la duda sobre la viabilidad del procedimiento se instalaba en los profesionales de la salud practicantes de la cirugía.

El índice de mortalidad se tornaba insoportable; demasiado elevado para lo que los médicos hubiesen estimado con el conocimiento en inmunología  e histocompatibilidad HLA que poseían y con la ayuda de los fármacos inmunosupresores producidos para la fecha (azatioprina, prednisolona, actinomicina C). Estos factores casi conllevaron al abandono de la práctica quirúrgica de implantes cardíacos. A raíz de ello científicos y especialistas médicos se avocaron al diseño de estructuras artificiales que permitiesen evitar  la confrontación con los factores anteriormente mencionados.

Willem Kolff, médico e inventor norteamericano de origen holandés y autor de la primera hemodiálisis realizada en el año 1943, ha sido honrado con el título de padre y creador del corazón artificial, según lo señalan historiadores de la medicina. Kolff comenzaría sus trabajos de investigación sobre cardiología en 1957 en una clínica de Cleveland, USA. El primer prototipo de corazón artificial sería creado en colaboración con el Dr. Robert Jarvik, ingeniero de profesión. Jarvik inventó para la época un aparato neumático con funciones similares a las del corazón, al que llamó Jarvik 7.

Su funcionamiento estaba basado en el suministro de aire comprimido a través de unos conductos y válvulas conectadas a un motor eléctrico. Así fue como se vio nacer la posibilidad de sustituir al implante cardíaco practicado en los años 70 por un recientemente creado corazón artificial. Las investigaciones se orientarían entonces en esta dirección, apoyadas en el fracaso relativo de los trasplantes.

Más tarde otros equipos de fuerza humana médico-quirúrgica se activarían e unirían en la misma búsqueda. El profesor cirujano Denton Cooley procede a la realización de varios ensayos en animales. Posteriormente se ensayaría el uso del dispositivo cardíaco, en una primera tentativa, el 4 de abril de 1969. El paciente no superó el tercer día de vida luego de la operación. Los tests continuaron desarrollándose durante la década siguiente, con la esperanza de refinar el dispositivo y la técnica de inserción y funcionamiento, logrando con ello aumentar la esperanza de vida de los pacientes operados.

El Jarvik 7 fue implantado por primera vez por el Dr. William de Vraie. El procedimiento tuvo lugar el 2 de diciembre de 1982 y el paciente operado en la ocasión fue un humbre apellidado Clark, un dentista norteamericano jubilado de 62 años, quien se ofreciese voluntariamente al ensayo. Clark sobreviviría sólo 112 días a la operación. Murió producto de un súbito descenso del flujo sanguíneo que le suministraba el recién trasplantado corazón de poliuretano.

Es por estos tiempos que haría su aparición la ciclosporina, fármaco eficiente en el tratamiento inmunosupresor de los implantes cardíacos y que vendría a revolucionar la técnica de trasplantes de corazón. El fracaso del implante quedaría a partir de entonces bajo el escrutinio. La investigación corría peligro de extinción, del mismo modo que el fracaso acechaba al intento de desarrollo del corazón artificial, así como también a los mecanismos de asistencia cardíaca.

Se continuó la lucha en defensa de la trasplantación cardíaca pero se enfocó posteriormente ya principalmente en el uso de órganos humanos. La necesidad de donantes transformó a los cuerpos siniestrados en accidentes de tránsito, que para la época se habían convertido en sucesos mortales muy frecuentes, en los principales donantes. La traumatología de los países desarrollados, donde ocurrían el mayor número de siniestros, tomó un rol importante en la obtención de los donativos.

Dos décadas más tarde comienza a observarse una disminución de los accidentes vehiculares en carretera, gracias a la reeducación de la población en el uso de vehículos automotores y la imposición de sanciones y regulaciones, anteriormente inexistentes, respecto al uso de los vehículos de transporte terrestre. Como resultado se produjo un marcado descenso en el número de corazones donados. Una creciente presión surgió sobre la necesidad de uso de equipos quirúrgicos, atizándose con el incremento de las prescripciones de trasplante cardíaco solicitadas ya para el año 2000.

Cada elemento de la técnica desarrollada hasta entonces entrañaba nuevas consecuencias y grandes desafíos. El mayor de los desafíos que confrontaba, y sigue confrontando, la medicina es la carencia de donantes. Se convierte el trasplante de corazón en una odisea. Pronto se prolongaría de más en más la espera por el donativo de apoyo a la reanimación cardíaca. La larga espera por un donante es un hecho embarazoso en los corredores de los servicios de reanimación. El único recurso restante es la asistencia circulatoria temporal acompañada de un cortejo de angustias y miedos suscitados entre los familiares y el paciente mismo; una realidad arraigada a la noción del largo retraso de aquel procedimiento que pudiese salvarle la vida al individuo.

Por los momentos la asistencia circulatoria ofrece el único recodo de luz cierto para aquellos que aguardan por un donante, con suerte el más compatible posible. Así pues, evidentemente la era de los corazones artificiales, así como de otros órganos, apenas ha comenzado. Bastará esperar algunos años más para ver el florecimiento de la cirugía cardíaca con corazones de funcionalidad mecánico, cuando la espera por un donante ya no será más una agonía necesaria transitar.

Declaración clínica de defunción: ¿cerebral o cardíaca?

La definición de muerte no ha sido aún esclarecida ni universalmente fijada. El debate médico acerca de cuál órgano es el responsable de la vida continúa en la actualidad. Decidir la cesación de la vida en función de las funciones del corazón o el cerebro yace hoy sobre una cuestión ética más allá de una normativa. Ciertos médicos precisan que mientras haya un corazón latente, la vida es aún posible. Delicado se torna, entonces, declarar un paciente fallecido si su corazón aún late, muy a pesar de ser evidente la muerte cerebral.

Debido a que las apariencias pueden conducir en ocasiones a malas interpretaciones de los hechos, no todos los muertos pueden ser determinados basándose la medicina en aspectos como la rigidez del cadáver, por ejemplo. Puede ocurrir, muy desafortunadamente, que personas aún vivas presenten tales síntomas.

En estos casos los profesionales de la salud no están al resguardo de un diagnóstico erróneo, sin excepción alguna, así como tampoco en casos donde ocurre un descenso dramático de la temperatura corporal o la ausencia aparente del pulso sanguíneo y de la respiración. Incluso los médicos más experimentados pueden ser víctimas de las apariencias. A fin de evitar malentendidos nefastos que pongan en peligro la vida de cualquier individuo de manera tan trágica, las instituciones médicas han fijado protocolos de diagnóstico que han variado de cultura a cultura y de época en época.

En la historia abundan todo tipo de anécdotas aberrantes sobre muertos enterrados vivos. En la antigua Grecia el método de constatación de la muerte consistía en cortar un dedo al supuesto difunto. Para los eslavos, en cambio, la técnica exigía friccionar los cuerpos con  agua caliente durante una hora. Por último, los hebreos enterraban los cuerpos de sus fallecidos sólo cuando estos mostraban signos claros de descomposición.

Más tarde en la medida que la ciencia afinaba su comprensión del estado de coma y estudiaban los procesos de hibernación de ciertos animales, nuevas formas de constatar la muerte de un individuo se dedujeron. Algunas de estas implicaban la aplicación de electroshocks, pinchazos con agujas en el extremo de los dedos, golpes secos en las piernas o el rocío con substancias cáusticas para determinar las posibles reacciones cutáneas en caso de estar vivo.

Por fortuna con el transcurrir de los años, y en especial el paso de las últimas décadas, el diagnóstico se ha filtrado. Actualmente existen equipos que permiten forzar indefinidamente el funcionamiento de ciertos órganos (como los pulmones o el corazón) en pacientes debatiéndose entre la vida y la muerte, a pesar de no manifestar ningún signo de consciencia. Debido a toda la incertidumbre que aún rondaba el decreto de muerte en los pacientes cuyos signos vitales parecían haber cesado, un comité de expertos se reunió en Harvard, rondando los años 1968, para debatir los criterios de muerte.

Se concluyó en aquel momento que la declaración de fallecimiento sólo podía ser sentenciada en caso de confirmarse muerte cerebral, la cual se traducía en la ausencia total y definitiva de todo tipo de actividad el cerebro. Fue éste el punto de partida de una deriva que condujo a situar el límite de la vida en un nivel superior al hasta ahora conocido y aquel de la muerte en un rango inferior. Desafortunadamente, el seguimiento de la normativa no es infalible. En algunos casos raros ha ocurrido que un paciente diagnosticado en estado de coma irreversible vuelve a la vida.

Las pautas de comprobación de los signos vitales establecidas en Harvard en el 1928 también han conducido a resultados desastrosos en ocasiones.  Hoy en día los médicos en la práctica extienden la exploración del diagnóstico de defunción a la evaluación del tronco cerebral que controla las funciones cardio-respiratorias, más no la región cortex donde se manifiesta la consciencia, no siendo éste último rasgo considerado como signo de vida.

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